La mayoría de las personas que tienen una inclinación religiosa creen en la vida eterna de los fieles, una continuación de la fuerza vital que va mucho más allá de las limitaciones de la carne mortal. En este sistema de creencias, la muerte no es el fin, sino una transformación: las personas se deshacen de sus seres corporales en el momento de la muerte, y se convierten en seres únicos que siguen viviendo como un alma para reunirse con el Creador.

Esta identidad intrínseca recibe comunmente ese nombre: “alma”, descrita en el diccionario como “La esencia inmaterial, el principio animador o la causa impulsora de una vida individual”.

alma emergente

Sin embargo, tan esencial como lo es para nuestra percepción del ser, esta entidad no puede ser vista, escuchada, tocada o probada, un estado de cosas que deja a muchos escépticos incómodos. Sin el alma, lo muerto está muerto. Pero si se pudiera probar que existe, un gran peso sería removido de los hombros de muchos creyentes.

Es aquí donde entra en discusión el trabajo del Dr. Duncan MacDougall.

EL TRABAJO DE MACDOUGALL

Reporte del New York TimesReporte del New York Times

En 1907 el doctor Duncan postuló la teoría de que el alma es material y por lo tanto posee masa, esto implicaría que al momento de la muerte el peso del fallecido debía experimentar una pérdida notable que demostraría la separación del alma de los restos humanos.

El Dr. MacDougall, trataba de determinar si las funciones psíquicas continuaban existiendo como una individualidad o personalidad separada después de la muerte del cerebro y del cuerpo. Para ello construyó unas camas especiales dispuestas sobre una estructura ligera con balanzas especiales que registrarían cualquier cambio mínimo de peso.

Con la presencia de otros cuatro doctores, se llevó a cabo la observación de seis pacientes con enfermedades terminales en su etapa final: cuatro con tuberculosis, uno con diabetes y otro por causas no especificadas.

EL EXPERIMENTO

Balanza para el alma

MacDougall intentó eliminar tantas explicaciones fisiológicas de los resultados observados como pudo.

El primer paciente perdió peso lentamente a razón de una onza por hora debido a la evaporación de la humedad en la respiración y la evaporación del sudor.

Durante las tres horas y cuarenta minutos que duró el proceso, MacDougall mantuvo el astil de la balanza ligeramente por encima del punto de equilibrio para hacer la prueba más concluyente. Cuando el paciente dio su último suspiro, justo al momento de la muerte, uno de los extremos de la balanza cayó de golpe contra la barra inferior y permaneció allí. Se determinó que la pérdida de peso fue de 21.26 gramos.

BUSCANDO UNA EXPLICACIÓN

Alma emergente, pero de chica

Los intestinos no se movieron; y aun si se hubieran movido, el peso habría permanecido sobre la cama. La vejiga evacuó uno o dos gramos de orina. Esto permaneció sobre la cama y sólo pudo haber influido en el peso por la lenta evaporación gradual y por lo tanto, no se pudo explicar la pérdida repentina de peso de ninguna manera.

Sólo quedaba una posibilidad más por explorar, la expiración de todo el aire residual en los pulmones. Para esto, el propio doctor se acostó sobre la cama-balanza mientras uno de sus colegas observaba. Duncan inspiró y expiró aire tan fuertemente como pudo pero esto no tuvo ningún efecto sobre la balanza.

Los cinco médicos tomaron sus anotaciones y compararon sus resultados. No todos los pacientes perdieron el mismo peso, pero el poco que perdieron no podía explicarse. Desafortunadamente, sólo cuatro de los seis resultados fueron válidos para el experimento debido a fallas mecánicas o a que el paciente murió antes de que el equipo de prueba estuviera listo.

Una variación interesante ocurrió con el tercer paciente, que mantuvo su mismo peso inmediatamente después de la muerte. Pero al paso de  un minuto, perdió alrededor de una onza de peso. El Dr. MacDougall explicó esta discrepancia de la siguiente manera:

“Creo que en este caso, el de un hombre flemático lento de pensamiento y de acción, el alma permaneció suspendida sobre el cuerpo después de la muerte, durante el minuto transcurrido antes de su libertad. No hay otra forma de dar cuenta de ello, y es lo que se podría esperar que suceda en un hombre con este tipo de temperamento.”

¿TIENEN ALMA LOS ANIMALES?

MacDougall repitió su experimento con quince perros y observó que los resultados eran uniformemente negativos, sin pérdida de peso tras la muerte. Este resultado aparentemente corroboró la hipótesis de MacDougall de que la pérdida de peso registrada en seres humanos se debe a la salida del alma del cuerpo, ya que según su doctrina religiosa los animales no tienen alma.

Por supuesto que esto causó un gran revuelo entre los creyentes del alma como una entidad presente en todo ser vivo. Por lo que otros expertos comenzaron a debatir que tan en serio podrían tomarse los experimentos de MacDougall.

En el año 2003 el doctor Francis Crick aseguró que en realidad los 21 gramos perdidos pertenecían a un proceso cerebral y no a la pérdida del alma. Según sus estudios, la actividad neuronal genera un campo eléctrico provocando que el cuerpo pese más. Por lo tanto, cuando alguien muere esta actividad neuronal se detiene y el peso disminuye.

Sin embargo, algo que Crick no supo explicar, fue que el hecho de que el humano perdiera peso al morir y el animal no, cuando ambas especies poseen neuronas y actividad cerebral.

Duncan confesó antes de morir que creía que debían llevarse a cabo más experimentos para confirmar su teoría, pero aun así, hasta el día de hoy el misterio del peso del alma sigue sin resolverse pues si han hecho estudios al respecto, los científicos han decidido no compartir sus descubrimientos.